Este jueves tenía una charla sobre inteligencia artificial. En un evento donde otros expertos hablarían del mismo tema.
¿Cómo no ser una presentación más?
Llevé la orquesta sinfónica de la Universidad Eafit.
Porque resulta que el problema no es la tecnología. El problema es que hemos olvidado que somos artesanos.
Entre las obras que preparamos estaba el Adagio de Barber. Después escuchamos la versión de DJ Tiësto del mismo adagio. La misma partitura, dos mundos aparentemente opuestos.
Pero no lo son.
El violín que sostiene el concertino es tecnología de 400 años. Las cuerdas, la madera, el barniz. Cada elemento fue una innovación radical en su momento. Cada luthier, un hacker de su época.
Y sin embargo, lo que nos emociona no es la tecnología del violín.
Es la mano que lo toca. La sensibilidad que interpreta. La humanidad que vibra a través de la madera.
Nada es completamente nuevo. Todo es un remix. Tiësto tomó a Barber. Barber se inspiró en otros. Los violinistas de hoy tocan instrumentos diseñados hace siglos.
Nosotros somos el punto de transformación entre lo analógico y lo electrónico.
La inteligencia artificial generativa es solo la herramienta más reciente en una cadena infinita de herramientas. Como el violín. Como la partitura. Como el micrófono que amplifica la voz del DJ.
Lo que importa no es la herramienta.
Es la intención. La sensibilidad. La capacidad de tomar algo que existe y darle significado nuevo.
Somos artesanos de la experiencia humana. Siempre lo hemos sido.
La pregunta no es si la IA nos reemplazará.
La pregunta es: ¿seguiremos siendo humanos mientras la usamos?